Blog de Jaume Cardona.

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miércoles, 7 de septiembre de 2016

J. S. BACH. LA GRAVEDAD, EL SENTIMIENTO DE CRIATURA Y EL CAMINO DE LA CONSCIENCIA.

Johann Sebastian Bach
Con el paso del tiempo la música de Johann Sebastian Bach ha sido para mi una profunda experiencia espiritual. Hablar de la música de Bach en una pequeña entrada como ésta nos permite reflexionar tan sólo sobre una pequeña, muy pequeña dimensión de toda la multidimensionalidad que la abarca. Quizá por ello he elegido un tema que particularmente para mí siempre ha sido importante, y que se relaciona con los trabajos de Rudolf Otto acerca de lo sagrado y de la experimentación de lo sagrado por parte del ser humano (el sentimiento de criatura y lo numinoso), al mismo tiempo que también abordaré la dimensión psicológica con la que esta experiencia se relaciona. No en vano, uno de sus más grandes conocedores e intérpretes, el director John Elliot Gardiner, en su monumental obra sobre Johann Sebastian Bach, y comparándolo con el otro gran genio musical de la época, George Friedric Handel, nos dice acerca de los indicadores de sus obras:"amor, furia, lealtad y poder (Handel); vida, muerte, Dios y eternidad (Bach)". [1]

En primer lugar quisiera empezar por reflexionar porque he elegido la palabra "gravedad" en relación a la música de Bach. Cuando consultamos el diccionario nos encontramos con cuatro acepciones para la palabra.  Veamos:

1. Importancia, dificultad o peligro que presenta una cosa o persona grave.
2. Seriedad en la forma de obrar o comportarse.
3. Fuerza de atracción que la tierra u otro cuerpo celeste ejerce sobre los cuerpos que están cerca o sobre él.
4. Cualidad de los sonidos graves.

Y es la seriedad y la Fuerza de atracción a lo que su música nos lleva. La seriedad, que la podemos relacionar también con la definición que la vincula con los sonidos graves, vincula la gravedad con el sentido de profundidad desnuda, despojada de cualquier afectación u ornamento innecesario. Y en cuanto a la gravedad entendida en el sentido newtoniano, es decir, como fuerza de atracción, la entiendo como la cualidad que tiene la música de Bach de atraer un cierto tipo de sentimientos y emociones generalmente desapercibidas para el ser humano, enfrascado dentro de su estrecho mundo neurótico en una sociedad alienante que aun lo neurotiza más.

Estas emociones y sentimientos a los que me refiero encontraron en su día su definición para mí cuando leí la obra fundamental de Rudolf Otto titulada "Lo Santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios" donde desarrolla sus ideas y experiencias sobre un sentimiento que llamó "lo numinoso" y que presenta como efecto sobre el ser humano lo que él llama el "sentimiento de criatura". La música de Bach atrae, como la gravedad los objetos, este sentimiento que Rudolf Otto definió como "sentimiento de criatura que se hunde y se anega en su propia nada, y desaparece frente aquel que está sobre todas las criaturas" [2], y más adelante añade: "El sentimiento de criatura es más bien un momento concomitante, un efecto subjetivo; por decirlo así, la sombra de otro sentimiento, el cual, desde luego, y por modo inmediato, se refiere a un objeto fuera de mi. Y este, precisamente es el que llamo lo numinoso" [3]. Siempre he sentido que la música de Bach ejerce una fuerte atracción de ese sentimiento de criatura como reflejo de ese sentimiento numinoso al que nos enfrenta la existencia en sí misma que nos empequeñece (el hundimiento y anegación en la propia nada), y que en términos psicológicos puede entenderse como empequeñecimiento del ego, un empequeñecimiento que, en consecuencia, nos ofrece momentos de claridad (visión clara) y sosiego. Para ilustrar esa sensación voy a recurrir a unas cuantas piezas de Bach de las más conocidas que nos permitan asomarnos a este sentimiento de empequeñecimiento y, para ello, empezaremos por el conocido segundo movimiento de la Suite orquestal nº 3, BWV 1068, el Aire para cuerda en Sol.

1. ARIA PARA CUERDA EN SOL: GRANDEZA, PEQUEÑEZ Y COMPASIÓN,



Obviamente soy consciente del factor subjetivo que hay en toda vivencia de la música, en este caso de mi vivencia. No obstante, no por ello dejaré de seguir refiriéndola al tema que nos lleva, puesto que también es cierto que muchas vivencias subjetivas coinciden en mayor o menor medida en relación a este movimiento de la suite orquestal. Rudolf Otto reconoce que hay una gran proximidad entre su concepto, y otro concepto de orden más estético que fue reflexionado por Kant, y posteriormente también por Freud,  como es el de "lo sublime", íntimamente relacionado con lo siniestro. En lo sublime, como en lo numinoso, destaca Otto, "opera sobre el ánimo una doble impresión retrayente y atrayente a la vez. Abate, humilla, y al mismo tiempo, encumbra y exalta. Restringe y coarta, y a la vez ensancha y dilata. De un lado provoca un sentimiento parecido al terror, y de otro lado proporciona la felicidad" [4].

Con esta Aria para cuerda me sucede como con los versos del último Hölderlin: mi ser es atraído hacia un lugar donde me siento mirado por una mirada que me despoja de ese ser sumido en la cotidianidad, inmerso en sus cegueras y miopías que de repente es abierto a esa dimensión de la existencia que en Gestalt llamamos del "aquí y ahora". He oído a muchos decir que lloran cuando la escuchan, y yo mismo he llorado más de una vez escuchándola, porque creo que esa música de Bach nos enfrenta de repente ante el brutal absurdo vital que vivimos: el confinamiento de la libertad, la alienación que apaga la creatividad, la indiferencia que anega la compasión, la mirada cansada que ensombrece el asombro, el narcisismo que nos coloca en el centro de Universo oscureciéndolo...

En sus notas se da una doble condición que facilita esa atracción de esos sentimientos de tristeza vital que, a la vez, se ponen en relación con la belleza y la mirada compasiva. Por un lado nos enfrenta a la extensión de la vida y la existencia a las que se percibe como algo que sentimos grande, demasiado grande y que nos sobrepasa, aquello que Otto decía de la doble impresión: lo que nos abate y humilla, y al mismo tiempo, encumbra y exalta, o como yo digo más poéticamente:

                                                            Hay que elevarse mucho
                                                            para hacerse pequeño
                                                            y asi contemplar lo grande.

Pero al yo neurótico le cuesta hacerse pequeño porque ese hacerse pequeño es hacerse vulnerable, una pequeñez que nos torna conscientes de nuestra fragilidad ante la existencia, a la vez que sólo desde ella es posible contemplar la grandeza de lo existente más allá de la estrecha perspectiva de la mirada que reconcentrada en nosotros mismos es mirada narcisista. La consciencia de la vulnerabilidad, la fragilidad nos permite captar la importancia del "aquí y ahora" contrapuesta al drama de vivir en el "antes y el después" o en "el confinamiento de los fantasmas del propio Universo psíquico". Y, sin embargo, es por aquí que nos llega la segunda condición que esta pieza de Bach nos ofrece: la compasión por nuestra propia existencia. Sus notas nos ofrecen el reposo del no-juicio, de la no-exigencia, del no-menosprecio, de la no-desvalorización. Nos interrogan a cómo nos miramos nosotros mismos en nuestra propia limitación y torpeza que es a su vez soberbia. Cuantas veces he sentido a través de ella, y de otras piezas de Bach, una mano que me acaricia diciéndome: Tranquilo. Respétate. Esto no es fácil. Vivir, existir no es fácil. Ser lanzado a la existencia es un largo camino de aprendizaje. No te maltrates, no te exijas... anda paso paso y "vete elevando tanto para llegar a ser tan pequeño que llegues así a ser existencia". Esa es una gran condición de esa música de Bach... ser existencia con la existencia. Ser sin fusionarse y a la vez formar parte de ella.

Y justamente esto nos lleva a una segunda pieza que siempre me ha inspirado este aspecto del "andar paso a paso". Se trata del Largo del segundo movimiento del quinto concierto para piano (clavecin) y cuerdas en La, BWV 1056 y que podéis ver en una excepcional interpretación dada por el pianista David Fray.

II. LARGO PARA PIANO Y CUERDAS: EL CAMINO, PASO A PASO, DE LA CONSCIENCIA.

El 2º movimiento corresponde a los 3 primeros minutos del vídeo.

Hay en esta pieza la sensación de que una presencia nos acompaña en este largo camino de aprendizaje, una delicada presencia que nos indica la importancia de la delicadeza en ese "paso a paso" que implica el abrirse a la vida desde la consciencia de la vulnerabilidad y la fragilidad al asumir el hacerse simple criatura, al hacerse pequeño ante la existencia. Escribía en una entrada de mi blog de cine y psicología: "hay una relación directa entre la perturbación de la contemplación del mundo provocada por la dimensión neurótica del caracter y el mundo en si. La intuición profunda de Jung fue que cuando el yo se acerca más al self, hacia la totalidad psíquica, se acerca también a poder contemplar el mundo desde el sentimiento de criatura, siendo entonces cuando nos aproximamos a la manifestación de lo místico, entendiendo que "lo místico" no es "algo más allá del mundo" sino que es el mundo en sí mismo cuando lo podemos contemplar liberados de los elementos neuróticos que interfieren en su contemplación" [5].

El hacerse pequeño es hacerse delicado en el sentido de sentir, y en cierto modo, dejarse invadir en la propia vunerabilidad y en la propia limitación por la inmensidad, el misterio y la inabarcabilidad de la existencia. El sentimiento de criatura es, más allá de la intensidad puntual con el que se manifiesta como experiencia desde un punto de vista religioso, un camino hacia la pequeñez, la pérdida de importancia. Es un camino que no necesita tanto explicar como sentir, que no necesita tanto entender como contemplar. Es el camino propio de la conciencia encarnada en el ser humano que es un camino que va de la dis-cordia original desde la que surge (Lacan) a la con-cordia a la que desea dirigirse (Jung). Es en esa elevación hacia la pequeñez que la música de Bach parece indicarnos que no estamos sólos en ese camino, que la consciencia ya conlleva la delicadeza y la compasión necesarios para abrirnos a la vida cuando la liberamos de las distorsiones neuróticas que nos cierran a ella, liberación que es a la vez el terror, el terror egoico que se experimenta al abrirse a la experiencia de la vulnerabilidad  y de la fragilidad como Kierkegaard nos mostró sobradamente, y así tener que abandonar el mundo defensivo de la neurosis. Nadie mejor que San Pablo pareció captar el camino de la consciencia cuando escribió sus conocidas palabras en las que nos dice: "Ahora vemos por medio de un espejo y oscuramente, entonces veremos cara a cara. Ahora conozco imperfectamente, entonces conoceré como Dios me conoce" [6]. Párrafo en el que a mi me gusta sustituir a Dios por la existencia en sí misma: "Ahora vemos por medio de un espejo y oscuramente, entonces veremos cara a cara. Ahora conozco imperfectamente, entonces conocerá como la existencia me conoce".

El paso a paso de la consciencia tiene mucho que ver con el despojo, el desprendimiento de lo accesorio e inútil. A mi me gusta llamarlo el viaje a la sencillez, que tiene mucho que ver con el viaje a la inocencia, y que encontraremos en otra pieza del maestro Bach. Se trata del adagio del primer movimiento de la Sonata número 3 para violín y piano (clavecin) BWV 1016 en Mi menor, interpretada al violín por Frank Peter Zimmermann.

III. ADAGIO PARA VIOLÍN Y PIANO EN MI MENOR: LA PERFECCIÓN DE LO PEQUEÑO.




Hay músicas que invitan al silencio, que nos disponen y nos hacen receptivos a lo sutil, siendo la sorpresa al observar que la sutilidad se encuentra en la sencillez. La consciencia necesita del silencio para elevarse y captar la esencia de lo pequeño, como el violín necesita la base del piano para elevarse en su sentimiento en este precioso movimiento lleno de una extrema y sutil delicadeza. El camino a la sencillez es un camino de vuelta hacia la inocencia. Hace poco escribí una poesía inspirada en este tema y no puedo añadir mucho más que lo que en ella expreso para transmitir lo que siento que esta pieza de Bach nos muestra:

                                                               PEQUEÑA PERFECCIÓN
                 Es la belleza de lo pequeño                                    Y quizá no es el extasiado abrazo
                 espejo del misterio del infinito.                                el pequeño gesto de una manos
                 El éxtasis de la noche estrellada                            que se buscan y que delicadas
                 está en la gota de agua, perfecta,                          se toman, ni el apasionado beso
                 que reposa sobre la hierba verde                           el pequeño gesto de unas miradas
                 que mansamente la recoge.                                    que se encuentran, discretos gestos,
                 Y está en la delicada ala de la                                 pequeños, y que en su pequeña
                 mariposa, frágil lienzo de fantasías,                        perfección, como en un espejo,
                 diseño de un misterioso pincel.                               nos muestran el misterio del amor.

                 Y quizá no son la rosa ni la orquídea                     ¿Y poeta, no están en la sonrisa
                 las pequeñas flores silvestres,                                de un niño, y también en su llanto,
                 más es su pequeña perfección                                ya escritos todos tus versos?
                 la alegría de los bosques y campos.                      ¿No es acaso todo verso
                 Y los pequeños pajarillos ocultos                            un anhelo, todo poema
                 no son el águila majestuosa                                    una desesperación que busca
                 que nos encandila con su vuelo,                             o reniega de ese sencillo gesto
                 más es su pequeñez el humilde                              dónde no hay más que la pequeña
                 canto que da voz a la espesura.                             perfección de la inocencia?


Cuando escuchamos estas tres piezas musicales de Bach, podemos entender perfectamente a John Elliot Gardiner - haciendo especial referencia a su música coral - cuando nos dice acerca del inicio de la Misa en si menor, BWV 232: "La inscripción con sonidos de este triple Kyrie inicial [...] parece casi un acto físico, en el que cada uno de nosotros - como oyente o intérprete - se encuentra implicado individual o colectivamente" [7]. En eso radica la grandeza de Bach, en la implicación, la gravedad que suscita en su oyente - o intérprete como Gardiner nos indica. Algo parecido sucede con el increíble inicio del Oratorio de Navidad y muchas otras obras corales de Bach como sus dos pasiones o en sus cantatas. Pero en Bach hay mucho más que aquí no podemos explorar, por ello iremos volviendo a él en otras ocasiones en este blog.

__________________

[1] Gardiner, John Elliot. La música en el castillo del cielo. Un retrato de Johann Sebastian Bach. Acantilado, Quaderns Crema, pág. 226
[2] Otto, Rudolf. Lo Santo. Lo racional e irracional en la idea de Dios. Editorial Alianza, pág. 19
[3] Ídem anterior, pág. 20
[4] Ídem anterior, pág. 68 
[5] Blog Cine y psicología. 2001 Odisea en el espacio. Mi análisis y aproximaciones. Pulsa aquí para acceder a la entrada
[6] San Pablo. Carta a los Corintios I, 13,
[7] Ver nota 1, pág. 712




2 comentarios:

  1. Una passada aquest article, Jaume. La forma de conjugar els oposats dins aquesta linia tan existencial toca de ple en la mateixa essència. Llegin-te, en algun moment m'han vingut al pensament els oxímorons i la seva grandesa... Gràcies per la teva.

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