Blog de Jaume Cardona.

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domingo, 13 de diciembre de 2015

HERMANN HESSE Y DEMIAN: Sobre Demian y los arquetipos junguianos..

Hermann Hesse
Cuando hablo de Hermann Hesse y de sus obras clásicas como Demian, Siddhartha o el Lobo estepario, por citar las que quizás son las tres más leídas, me encuentro en general que muchos de sus lectores fueron lectores de juventud. ¡Ah, Siddhartha! - se exclama haciendo referencia a esa lectura de juventud que uno recuerda -. Que los jóvenes lean a Hesse, más allá de tratarse de una excelente lectura, es significativo del potencial vital que reside en esa juventud, en esa voluntad inicial que muchos jóvenes han sentido de vivir de una manera diferente, o de entregarse a unas inquietudes distintas de las que le han sido transmitidas por sus familias y sociedades que pretenden integrarlos en una "manera de vivir". Lo que sorprende es que esas lecturas acaben siendo en muchas ocasiones sólo lecturas de juventud. Cuando Hesse publicó Demian contaba con cuarenta y dos años, cuarenta y cinco cuando se publica Siddhartha y cincuenta y dos cuando aparece El lobo estepario. Es decir, hablamos de obras publicadas por un hombre en su plena madurez. Y con ello quiero decir que tratándose de una excelente lectura de juventud, lo es también en cualquier momento. Habiéndose leído cuando jóvenes sería muy interesante releerlo cuando somos mujeres u hombres en plena madurez para recordar que fue de aquellos momentos de juventud en que vibramos con esas obras. Tengo a veces la sensación de que cuando aparecen esas exclamaciones de ¡Ah, Siddhartha! o ¡Ah, Demian! o ¡Ah, El lobo estepario!, es como si nos dirigiéramos a un momento que quedó en el pasado, como si todo aquel potencial vital de la juventud, aquellas inquietudes que tomaban el alma del joven pertenecieran sólo a aquel momento y como si en él hubieran quedado petrificadas. En verdad, cuando se ha leído a Hesse de joven sería muy necesario releerlo después para preguntarnos que ocurrió con la fuerza, los cuestionamientos y las inquietudes que junto a sus obras vibraban con las potencialidades e inquietudes a las que abría el alma juvenil. Siendo excelentes lecturas de juventud, son sobretodo lecturas de madurez. Este segunda lectura, en especial, aparece como una lectura de interrogación, de contraste, de que ocurrió con aquella alma joven que un día las leyó, y del alma adulta en la que se ha convertido.

1ra edición de Demian.
Vamos hoy a concentrarnos en Demian, una obra marcada por el proceso de análisis que Hermann Hesse estaba realizando con el analista junguiano Josef Lang, e influenciada esencialmente por la obra de Nietzsche, Bachofen y, especialmente, por la de Jung, cuya hipótesis del inconsciente colectivo y el proceso de individuación se hacen patentes en su historia. Sin embargo, nos centraremos en esta ocasión en el tema simbólico tan presente en esta obra (para el proceso de individuación puede consultarse el comentario dedicado a Siddhartha en mi blog de cine y psicología - pulsa aquí -). Su protagonista, Emil Sinclair, verá su vida influenciada ya desde niño por un joven especial, un poco más mayor que él, llamado Max Demian. La obra empieza con la definición de dos mundos que un Sinclair niño ya determina con claridad. El mundo paterno de "amor y severidad, ejemplo y colegio". Un mundo de "tenue esplendor, claridad y limpieza" de "palabras suaves y amables, las manos lavadas, los vestidos limpios y las buenas costumbres". A éste mundo de luz se oponía otro mundo bien distinto y tan cercano a la vez. Un mundo que "olía de otra manera, prometía y exigía otras cosas" y en el que "existían criadas y aprendices, historias de aparecidos y rumores escandalosos; todo un torrente multicolor de cosas terribles, atrayentes y enigmáticas, como el matadero y la cárcel, borrachos y mujeres chillonas, vacas parturientas y caballos desplomados; historias de robos, asesinatos y suicidios". La historia empieza mostrándonos el clásico mundo dualista de Apolo y Dionisos, opuestos presentados como antagonistas y, generalmente, asociados a lo bueno y lo malo, y de la atracción y repulsión que el segundo ejerce sobre el joven Sinclair al que, sin embargo, se ve abocado irremediablemente tras ser chantajeado por Kromer, un joven proveniente de éste mundo sombrío. La mentira, el robo, el ocultamiento, la desesperación y el chantaje aparecen de repente en su plácida vida.

1. DEMIAN Y EL ARQUETIPO DEL SELF (SÍ MISMO)

Jung y los mandalas.
Demian se nos presenta con las características del arquetipo del self, también llamado de la totalidad, es decir, aquel arquetipo que vela por la integración de la personalidad. Desde su primera aparición para cuestionar la historia de Caín y Abel, Demian encarna a dicho arquetipo, y lo hace enseñando a Sinclair a lo que podríamos llamar salirse del marco o del cuadro. Le enseña a ir más allá de las explicaciones tradicionales y a atreverse a pensar por él mismo. La transformación de la historia que convierte a Abel en un cobarde y a Caín en un elegido deja una viva impresión en Sinclair. Recordemos que Jung reflexiona sobre la relación entre el arquetipo del self con el centro en relación a posibles interpretaciones materialistas o espiritualistas, diciendo sobre esta última :

... una interpretación espiritualista podría afirmar que ese sí mismo "no es más que" el "espíritu", que vivifica alma y cuerpo y que irrumpe en el tiempo y en el espacio en ese punto creador. [1]

Si bien Jung, descartando ese tipo de especulaciones, y tratando de ajustarse a una posición empírica, dice al respecto:

En la medida en que alcanza mi experiencia trátase de significativos "procesos nucleares" que se verifican en la psique objetiva; de una suerte de imágenes de la meta, que el proceso psíquico, "dirigido a una meta final", se impone aparentemente a sí mismo, sin que lo lleven a ello sugestiones exteriores. [2]

En todo caso se nos introduce en esa dimensión creativa que la hipótesis del inconsciente de Jung, especialmente en la del inconsciente colectivo, nos plantea, y en la que el arquetipo del self se establece como su centro regulador, ese "punto creador" al que Jung hacía referencia. Demian le ayuda a solucionar la historia que le tiene sometido a Kromer, pero como suele ocurrir con este tipo de encuentros tan impactantes, a Sinclair le atrae a la vez que le da miedo. Solucionado el problema con Kromer, Sinclair se aparta de Demian y retorna a la calidez del mundo del hogar y el orden, al que se agarra con fuerza tras su primer encuentro con el otro mundo a través del personaje de Kromer y del misterio que envuelve a Demian:

En ella me refugié con verdadero apasionamiento. No me saciaba de comprobar que había conseguido otra vez mi paz y confianza en mis padres. Me convertí en un niño modelo

II. LA RELACIÓN ENTRE EL YO Y EL SELF (I).

Hermann Hesse pintando.
Pasados algunos años transcurridos en esa ignorancia, y a pesar de la sensación de molestia que Sinclair tenía hacia Demian después de la historia de Kromer, éste vuelve a sentirse atraído por Demian. Dice Sinclair en la obra:

En ese momento se estableció de nuevo contacto entre Demian y yo. Y es curioso: apenas surgió en el alma aquella sensación de concordancia con él, se reflejó también como por arte de magia, en el espacio. No se si lo consiguió él o fue pura casualidad.

Efectivamente, la relación del yo con el self se establece por su mutua referencia según la atracción o repulsión del primero sobre el segundo:

A menudo se tiene la impresión de que la psique personal corriera alrededor del centro, como un animal receloso, fascinado y atemorizado a la vez que, huyendo siempre, se aproxima, empero, cada vez más al punto del que pretender huir. [3]

En ese nuevo reencuentro Demian prosigue "el trabajo" con Sinclair. Constantemente le ofrece distintos puntos de vista a los establecidos. En ese caso la que es puesta patas arriba es la historia del buen ladrón, alabándose la coherencia final del mal ladrón y poniéndose en duda la incoherencia del arrepentimiento del buen ladrón a dos pasos de la tumba. También aparece el tema de la sexualidad y se resalta que la posición cristiana al respecto es una posición entre tantas. Demian empieza a esclarecerle a Sinclair el significado de lo "prohibido" y lo "permitido".

Finalmente Hesse nos describe un momento en el que Demian se nos manifiesta con la intemporalidad propia del arquetipo ante un sorprendido Sinclair:

Demian estaba completamente inmóvil y parecía que no respiraba; su boca parecía como esculpida en madera o mármol, su rostro pálido, de una palidez uniforme, era como de piedra, y sólo su pelo castaño tenía vida. Sus manos descansaban delante de él, sobre el pupitre, inertes y quietas como objetos, como piedras o frutas, pálidas e inmóviles; pero no blandamente, sino como firme y segura protección de una intensa y oculta vida [...]

... el verdadero Demian tenía ese aspecto pétreo, ancestral, animal, bello y frío, muerto y al mismo tiempo rebosante de una vida fabulosa. ¡Y en torno suyo el vacío silencioso, el éter, los espacios siderales, la muerte solitaria!

III. LA RELACIÓN DEL YO CON EL SELF (II). El surgimiento del arquetipo del ánima.

Beatriz (Dante)
por Dante Gabriel Rosetti.
Demian y Sinclair sufren una nueva separación al partir este último a un internado en el que sufrirá una nueva aproximación al mundo dionisíaco. Pero como toda oscilación demasiado radical entre los opuestos, la vida de Sinclair se torna vacía y carente de sentido. Se trata del paso traumático de la infancia a la adolescencia y que justo coincide con el ritual cristiano de la confirmación:

Despues, todo cambió. La niñez fue derrumbándose a mi alrededor. Mis padres empezaron a mirarme un poco desconcertados. Mis hermanas me resultaban muy extrañas. Un vago desengaño deformaba y desteñía los sentimientos y alegrías a que estaba acostumbrado. El jardín ya no tenía perfume, el bosque no me atraía; el mundo a mi alrededor parecía un saldo de cosas viejas, gris y sin atractivo; los libros de papel y la música ruido.

El paso de la infancia a la adolescencia se caracteriza por una primera fase de desorientación y de aislamiento de Sinclair que desemboca finalmente en un movimiento polar inverso, y como cuando niño, como adolescente vuelve de nuevo al mundo sombrío, a la ambiguedad dionisíaca. Del candor infantil en el que se había refugiado tras le incursión en el mundo sombrío en el que le introdujo Kromer al refugio en el propio mundo sombrío de la bebida, la fanfarronería, la desgana y la rebeldía contra un mundo que detesta...Sin embargo, y a diferencia de cuando niño Sinclair ahora, como adolescente,  se entrega a ese mundo plenamente - con la única excepción de la sexualidad -. Sin embargo, en esa oscilación polar se encuentra finalmente con la misma presión, pues como dice en un pasaje: "Era todo como una obligación. Yo hacía lo que creía que debía hacer; de otra forma, no hubiera sabido qué hacer conmigo  mismo". Sin embargo, todo da un vuelco cuando conoce una chica llamada Beatrice - una referencia clara a la Beatriz de Dante - de la que se enamora platónicamente y con la cual nunca cruzará palabra alguna.

Claramente Beatrice es una representante del arquetipo del ánima, y su función es devolver a Sinclair a su propio mundo interno. Beatrice representa la mujer desconocida que personifica el inconsciente, especialmente en la psicología masculina, y que, por ejemplo, en los sueños y las fantasías le "seduce" para internarse en él. Dice Jung respecto a la proyección del arquetipo del ánima:

... presente en todas partes como una imagen sin edad [...] toda madre y toda amante es portadora y la realizadora de este peligroso espejismo, que se adecua en lo más profundo del ser del hombre. Le pertenece a él, es la fidelidad, que por mor de la vida no siempre puede guardar; es la imposible, necesaria, compensación por el riesgo, los esfuerzos, los sacrificios, que todos terminan en desilusión; es el consuelo frente a toda amargura de la vida y, junto a todo ello, es la gran seductora que suscita ilusión hacia esa misma vida, y no sola hacia sus aspectos racionales y útiles, sino también hacia sus terribles paradojas y ambiguedades, en las que se compensan el bien y el mal, el éxito y el fracaso, la esperanza y la desesperación. Como su mayor peligro, exige el máximo del hombre, y cuando este es tal, obtiene también el máximo.[4]

Dice Sinclair al respecto del encuentro con Beatrice:

Este culto a Beatrice transformó del todo mi vida. Todavía ayer un cínico precoz, era ahora un sacerdote de un templo, con el deseo de convertirme en un santo. No sólo renuncie a la mala vida a que me había acostumbrado, sino que inntenté cambiar en todo e imbuir de pureza, nobleza y dignidad hasta el comer, el beber, el hablar y el vestir.

Sin embargo, Sinclair pronto observa que este retorno es a un lugar distinto que al de cuando niño... La fascinación que ejerce la imagen de Beatrice le lleva a pintar. Quiere pintar su rostro, y en su intento de reproducirlo, un día obtiene un rostro que le parece "una especie de ídolo o máscara sagrada, medio masculina, medio femenina. sin edad, a la vez enérgica y soñadora, tan rígida como misteriosamente viva. Ese rostro me decía algo, me pertenecía, me exigía. Y además tenía un parecido con alguien, no sabía con quien". Más adelante identifica que el rostro pertenecía a Demian, aunque una apreciación posterior le permite darse cuenta que ese rostro no es ni de Beatrice ni de Demian, sino que es el suyo propio, o mejor dicho, se da cuenta que representa su interior. Con esa aseveración queda claro que Beatrice o Demian, como posteriormente Pistorius o Frau Eva (la madre de Demian) constituyen imágenes del mundo interno de Sinclair.

Como ocurre a menudo en los sueños, la siguiente aparición de Demian sucede de una manera esencialmente misteriosa. Sinclair realiza un nuevo dibujo que corresponde a un ave heráldica que se situaba en el portón de su casa. El dibujo final representa la siguiente imagen: un ave de rapiña con una afilada y audaz cabeza de gavilán, con medio cuerpo dentro de una bola del mundo oscura, de la que surgía como de un huevo gigante sobre un fondo azul. A pesar de no tener garantías de que el dibujo llegue a Demian, guiado por una vaga intuición, decide enviárselo.

IV. ABRAXAS Y PISTORIUS. El surgimiento del arquetipo del anciano sabio.

Niño geopolítico... de Dalí.
Un día, de manera inesperada, Sinclair halla un papel bajo uno de sus libros. Sorprendido la abre y lee:

El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El Dios se llama Abraxas.

Como ocurre en muchas ocasiones en los sueños, el arquetipo del self se manifiesta como una voz que manifiesta algo importante para el soñante. Con el surgimiento de esta carta de Demian y la mención de Abraxas se acentúa la pérdida de fuerza que la imagen de Beatrice había tenido sobre Sinclair. Abraxas es una deidad que aparecía grabada en ciertas piedras antiguas utilizadas como talismanes por ciertas sectas gnósticas en la antiguedad (los basilideanos del siglo II). Se trata de una deidad que unifica el bien y el mal, la vida con la muerte, lo divino con lo demoníaco. Nos hallamos ante un claro símbolo de la unidad de los opuestos. Dos hechos son destacables en ese momento. Un sueño y el encuentro con Pistorius. El sueño se corresponde exactamente a la descripción que Jung hace del ánima tal y como la vimos en la nota 4. En palabras de Hesse:

Yo regresaba a mi casa - sobre el portal relucía el pájaro amarillo sobre fondo azul - y mi madre salía hacia mi encuentro; pero al entrar y querer abrazarla no era ella si no una persona que yo no había visto nunca, alta y fuerte, parecida a Max Demian y al retrato que yo había dibujado pero algo distinta y, a pesar de su aspecto impresionante, totalmente femenina, Esta figura me atraía hacia sí y me acogía en un abrazo amoroso, profundo y vibrante. El placer y el espanto se mezclaban; el abrazo era culto divino y a la vez crimen. En el ser que me estrechaba anidaban demasiados recuerdos de mi madre, demasiados recuerdos de mi amado Demian. Su abrazo atentaba contra las leyes del respeto y, sin embargo, era pura bienaventuranza.

Piedra talismán grabada con Abraxas.
Un sueño que no hace más que anticipar el encuentro con Frau Eva, la madre de Demian, con los efectos que éste tendrá en Sinclair. Y relacionado con Abraxas surge Pistorius, un concertista de órgano cuya música atrae a nuestro protagonista y que, tras conocerse surge como una especie de gurú, de psicoterapeuta de Sinclair, es decir, una imagen representativa del arquetipo del viejo sabio. La relación que observamos entre ellos dos se ajusta perfectamente al momento de Sinclair y a la función del arquetipo, del que Jung nos dice:

El "anciano sabio" aparece en sueños como mago, médico, sacerdote, maestro, profesor, abuelo o como cualquier persona dotada de autoridad. El arquetipo del espíritu en figura de hombre, gnomo o animal se presenta en situaciones en las que haría falta visión de las cosas, comprensión, buen consejo, decisión, previsión, etc., pero no se puede conseguir por propios medios. El arquetipo compensa ese estado de carencia espiritual con contenidos que rellenan el espacio vacío. [5]

Efectivamente, Pistorius tomará por un tiempo a Sinclair a su cargo y le adentrará en los misterios de Abraxas. Son muy claras las influencias del pensamiento junguiano en algunas de sus frases. Aparecen en ellos tanto la dimensión transpersonal del self junguiano como la hipótesis del inconsciente colectivo:

Acostumbramos a trazar límites demasiado estrechos a nuestra personalidad. Consideramos que solamente pertenece a nosotros lo que reconocemos como individual y diferenciador. Pero cada uno de nosotros está constituido por la totalidad del mundo; y así como llevamos en nuestro cuerpo la trayectoria de la evolución hasta el pez y aun más allá, así llevamos en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas humanas. Todos los dioses y demonios que han existido, ya sea entre los griegos, chinos o cafres, existen en nosotros mismos como posibilidades, deseos y soluciones.

Pistorius va dando a  Sinclair, que ya cuenta con dieciocho años, apoyo y sostenimiento, a la vez que echa leña al fuego del joven para que siga con determinación su camino y que no se avenga a las supuestas comodidades de apoyarse en los preceptos legales y las reglas sociales. Pero como ocurrió con Beatrice, la fascinación por Pistorius también acaba cuando Sinclair, en una escena que le ocasiona especial sufrimiento, revela los límites que también esclavizan a su maestro: la arqueología, los misterios de la antiguedad, sus antiguas religiones con sus mitos y sus leyendas. Pistorius reconoce que tiene que sentirse "rodeado de algo que considerar bello y sagrado: música de órgano, misterio, símbolo y mito; lo necesito y no pienso renunciar a ello", si bien reconoce que "sería más grande y más justo si me ofreciera al destino sin ambiciones. Pero soy incapaz: es lo único que no puedo hacer". En las reflexiones de Sinclair en esta fase de la historia se observa la profunda influencia que Nietzsche tuvo en Hesse, en algunas de sus frases nos resuena la voz y la soledad de su Zaratustra:

Y concentraba la mirada en mí mismo, contemplando mi destino en los ojos abiertos y fijos. Que estuvieran llenos de sabiduría o de locura,  que irradiaran amor o profunda maldad, daba lo mismo. No había posibilidad de elección o deseo. Sólo existía la posibilidad de desearse a sí mismo, de desear el propio destino.

V. DEMIAN Y FRAU EVA. El arquetipo de la Gran Madre.

Jung y el juego creativo en Bollingen
Sumido en la confusión y el desconcierto de quedarse sin Pistorius, su guía, Sinclair tiene la sensación de vivir cerca de una oscuridad abismal. Desea contactar con Demian a la vez que le parece absurdo. Finalizada la etapa escolar toca ahora dirigirse hacia el mundo de la Universidad. Indiferente a los estudios acepta la propuesta paterna de cursar filosofía.

Como suele ocurrir en estos casos basta el simple, pero sincero deseo, para que el self se manifieste. Paseando solitario por las calles donde se ubica su facultad, surge de nuevo el encuentro con Demian. En esta ocasión éste le va a llevar al encuentro con su madre, Frau Eva (su nombre ya es significativo), cuya presencia causa en Sinclair una profunda impresión. Es la realización del sueño que anteriomente ya describimos. Nuestro protagonista se halla, sin duda, en presencia de la imago materna, y como si de un sueño se tratara así se dirige a ella: "- ¡Que dichoso soy - le dije, y besé sus manos -. Me parece haber estado toda mi vida de viaje, y llegar ahora a mi patria". A lo que ella, no obstante, le responde: "A la patria nunca se llega - dijo amablemente -. Pero cuando los caminos amigos se cruzan, todo el universo parece por un momento la patria anhelada". En la conversación que sigue entre los dos esta idea se refuerza; "Si, hay que encontrar el sueño de cada uno, entonces el camino se hace fácil; pero no hay ningún sueño eterno; a cada sueño le sustituye uno nuevo y no se debe intentar retener ninguno", lo cual perturba y sobrecoge a Sinclair.

Sinclair, enamorado de Frau Eva, va recibiendo lecciones que le orientan hacia él mismo. Indudablemente nos hallamos ante una manifestación del arquetipo del ánima como Sofía (La sabiduría) o la Gran Madre - por seguir a Eric Neumann -, que integra el eros sensual y espiritual. Sinclair lo sospecha en algunas ocasiones,cuando, por ejemplo, dice:

A veces creía sentir con seguridad que no era su persona por la que se sentía atraída mi alma, sino que ella era un símbolo de mi propio interior que me conducía más y más hacia mi mismo. A menudo oía palabras de ella que me parecían respuesta de mi inconsciente a preguntas acuciantes que me atormentaban.

Como él mismo reconoce se superponen lo sensual y lo espiritual, la realidad con el símbolo. En relación al amor que siente por ella, Frau Eva es claro que va más allá de aquello que Sinclair le manifiesta, haciéndose claro que su voz se dirige a ganar el "sí mismo", la propia alma:

No debe usted entregarse a deseos en los que no cree. Sé lo que desea. Pero tiene que saber renunciar a esos deseos o desearlos de verdad. Cuando llegue a pedir con la plena seguridad de que su deseo va a ser cumplido, este será satisfecho. Sin embargo usted desea y se arrepiente de ello con miedo.

[...]

El amor no debe pedir - dijo -, ni tampoco exigir. Ha de tener fuerza de encontrar en sí mismo la certeza. En ese momento ya no se siente atraído, sino que atrae él mismo. Sinclair, su amor se siente atraído por mi. El día que me atraiga así, acudiré. No quiero hacer regalos. Quiero ser ganada.

La obra de Hesse acaba con el estallido de la primera guerra mundial y el reclutamiento de Sinclair y Demian en el frente. Sinclair es gravemente herido y cuando despierta está en un hospital de campaña. A su lado esta también herido Demian, quien con sus palabras nos confirma su relación con el arquetipo del self, y así, antes de morir, le susurra a Sinclair: "Tendrás que escuchar dentro de ti y notarás que estoy en tu interior". La obra acaba con estas palabras de Sinclair, quien también nos confirman esta dimensión de Demian:

La cura fue muy dolorosa. Todo lo que me sucedió desde aquel día fue doloroso. Pero a veces, cuando encuentro la clave y desciendo en mi interior, donde descansan, en un oscuro espejo, las imágenes del destino, no tengo más que inclinarme sobre el negro espejo para ver mi propia imagen, que ahora se asemeja totalmente a él, mi amigo y guía.

Sinclair ha traspasado la infancia y la adolescencia para adentrarse en una juventud que le enseña que el camino se halla delante de él, no detrás, en la infancia, ni tampoco en momentáneos paraísos como "patria anhelada", como Frau Eva le indica. Es en esa última frase donde se observa que Sinclair sabe que ese destino, que la realización de su vida, está en su propio interior, y que es en él donde se hallan las respuestas.

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(*) Todas las citas de Demian corresponden a la versión de la Biblioteca Hesse de la Biblioteca de autor de Alianza editorial.

[1] Jung, C. G. Psicología y alquimia. OC Volumen 12. Editorial Trotta, pár. 327
[2] Ídem anterior, pár. 327
[3] Ídem anterior, pár. 326
[4] Jung, C. G. Aion. Contribuciones al simbolismo del sí mismo. OC Volumen 9/2. EditorialTrotta, par. 24.
[5] Jung, C. G. Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Acerca de la fenomenología del espíritu en los cuentos. OC Volumen 9/1. Editorial Trotta, pár. 398




1 comentario:

  1. Me quedo perpleja ignoraba todo esto apenas lo estoy leyendo lo voy hacer despacio analisarlo,y comentare en base pero esta riquisiomo.gracias .

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